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El ingenio para enfrentar a un maestro en simultáneas

Julio Ernesto Granda   | Foto http://peru21.pe/
¡Ah!,pero aquel chico de tez morena no es de esos que se quedan en el primer obstáculo y él quería jugar esa noche con el Gran Maestro Julio Ernesto Granda.

Como mismo debe suceder en todos los países, se dice que lo que no inventa el cubano no lo inventa nadie. Les voy a contar una anécdota ilustrativa, originada en La Habana, el ocho de junio de 1988, durante la sesión gigante de simultáneas como saludo al centenario de José Raúl Capablanca.

Mientras el orador principal pronunciaba las palabras previas a la voz de ¡a jugar! comenzó la llovizna. Fue cuando saludé al Gran Maestro peruano Julio Ernesto Granda, quien me preguntó ¿y aquí qué se hace?

 Le dije que quien quería jugaba bajo lluvia, que en otra justa similar de 1983 hubo maestros que estuvieron allí mientras existieron oponentes y que incluso el mexicano Marcel Sisniega terminó sus diez partidas. Granda esbozó su típica y amistosa sonrisa.

En menos de lo que se los cuento, la llovizna se trocó en aguacero provocando la estampida de muchos y la firmeza de jugar bajo agua de otros.

Entre los simultaneistas que no abordaron los ómnibus de la organización del torneo Capablanca y se quedaron allí, bajo la ducha más natural, estaban dos Grandes Maestros extranjeros: el colombiano Alonso Zapata y el peruano Julio Ernesto Granda.

Cada simultaneista tenía 20 oponentes, Zapata jugó con cerca de una treintena, pues cuando cayeron los primeros, otros aficionados, bajo el torrencial aguacero (permítanme la reiteración) pidieron ocupar sus puestos. Alonso perdió dos partidas, entabló otras dos y ganó las demás.

Ahora, si he publicado que el gran héroe de la sesión gigante de 1983 fue Sisniega, digo hoy que tal honor en la de 1988 es para Julio Ernesto Granda, seguido por Alonso Zapata..

Alonso Zapata| Foto www.georgiachessnews.com

¡Granda jugó contra 40 rivales y las ganó todas! A medida que iba rindiendo reyes, otros empapados aficionados le pedían ocupar la no menos mojada silla vacía, a lo cual accedía el joven Gran Maestro peruano con su invariable sonrisa bonachona. Lo de menos es que las haya ganado todas: ¡jugó contra el doble de lo que le correspondía!

No abandone la lectura, que ahora viene lo bueno: cuando ya estaba en las postrimerías, reenganche incluido, se le acercó un morenito para pedirle lo que ya habían hecho Vicente y otros veinte. Granda le explicó que ya había jugado mucho, que era tarde y quedaban pocos contrincantes…

El muchacho, ni corto ni perezoso, le espetó : -Usted lo que tiene es miedo a perder.

Julio Ernesto le dijo con amabilidad : -Lo que tengo miedo es de coger una pulmonía… lo saludó, y avanzó hacia la partida más próxima, dando por zanjado el asunto.

Julio Ernesto Granda y Alonso Zapata  quienes jugaron contra 40 y 30 oponentes bajo la lluvia.

¡Ah!, pero aquel chico de tez morena no es de esos que se quedan en el primer obstáculo y él quería jugar esa noche con el Gran Maestro Julio Ernesto Granda. Como demostrando su madera de ajedrecista, dio una excepcional prueba de ingenio: sobre el tablero estaba la posición inicial y él hizo siete jugadas de las blancas y seis de las negras y se puso a meditar, tratando de cubrir lo más posible su cara con las manos.

Cuando Granda dio la vuelta y llegó a ese tablero, él hizo rápido una jugada, y el Gran Maestro brincó como electrizado. Se dio cuenta de que esa partida no existía, que parecía haberse apeado de una nube en ese momento, pero… la nobleza de los hombres es algo bello.

El mejor ajedrecista de Perú y a no dudarlo entre los mejores de Latinoamérica, ripostó como si nada, y a poco ganó esa partida… y todas las demás.

Contento, contentísimo estaba aquel negrito cubano. ¿Qué perdió? ¡El quería jugar, y jugó! Ese muchacho es ingenioso: que estudie el ajedrez.

Contento,  estaba aquel negrito cubano. ¿Qué perdió?

Al día siguiente, en la última ronda del Capablanca, comento sobre el tema con Julio Ernesto Granda: -Me di cuenta en seguida de que era el muchacho que me había pedido jugar, y como le había dicho que no, no quise descubrirlo, jugué y seguí como si me hubiera engañado… además que es muy buena gente, ¡porque puso una posición que me favorecía!

Julio Ernesto Granda me dijo que la lluvia le provocó ‘’un intenso frío en las manos y le temblaban, que nunca había visto tantos tableros preparados como los de esa noche en la Plaza de la Revolución, en La Habana, que eso era algo extraordinario, que él hubiera echado a correr también, pero cómo iba a hacerlo con tanta gente ahí sin moverse, esperando por sus jugadas, ¡que tuvo una experiencia única! Y sonrió.

Por Jesús G. Bayolo


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