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La jugada del señor Alfil

O… el cuento que ya no se puede escribir

Quienes discutían el Campeonato Mundial de Ajedrez estaban destinados a ello desde el mismo momento en que nacieron y fueron inscriptos en el registro civil: Rey de la Torre, el campeón, y Alfil de los Corceles, el retador. El match estaba pactado a 24 partidas.

El caballeroso señor Alfil, famoso también por ese rasgo de su personalidad,

El caballeroso señor Alfil, famoso también por ese rasgo de su personalidad, borró una desventaja de cuatro y se situó a un paso de ceñirse la corona cuando faltaban dos cotejos. Como jugando por la gran diagonal, Alfil llegó a 12 puntos por 10 su rival. Solo necesitaba entablar una de las dos partidas restantes; si el duelo concluía igualado a 12, Torre retendría la diadema. Es el llamado medio punto del campeón.                                                                   

A punto de sonar el gong anunciador de la penúltima ronda, el retador ordenó sus piezas, colocando como de costumbre sus caballos mirando hacia los alfiles. Comenzaron a sucederse las jugadas hasta el clímax de la complicación, manteniendo a los espectadores en vilo.

Tocaba el turno al señor Alfil, quien calculó una brillante combinación: "Caballo a la casilla e5, jaque, y las ocho jugadas siguientes son forzadas, entonces sacrifico la dama y con el avance del peón a la casilla g7 es jaque mate al descubierto", analizó. Repasó la variante una y otra vez, hasta que se dio cuenta de encontrarse en zeinot (apuro de tiempo) y lanzó la estocada final... que igualmente puede decirse fatal.

Inesperadamente situó en la casilla e5 su alfil, en lugar del caballo. Todos quedaron perplejos, porque se trataba de una jugada imposible. Se dio cuenta del lapsus antes de marcar el reloj, y al compás de las reglas tenía que mover ese alfil a cualquier casilla posible. Con la pieza en alto, buscó un cuadro bueno para ubicarla... pero no existía; los vacantes eran para quedar en posición perdida. Antes de que el timbre del reloj fuera a indicarle la pérdida por tiempo, el señor Alfil pasó la figura a su mano izquierda, para con la derecha estrechar la diestra del señor Torre, declarándose vencido.

El mundo estaría pendiente de la decisiva partida final. Para reproducirla, en diversas capitales se colocaron gigantescos tableros electrónicos, mayores aún que el de la Olimpíada de La Habana-66.

Rey de la Torre planteó una Apertura Inglesa y jugando magistralmente consiguió ganar un peón a la altura del golpe 35. Cuando le correspondía el lance 42, el señor Torre pidió sellar. Su posición era envidiable. El triunfo lo llevaría a la igualada a 12 y por ende a retener la diadema que había arrebatado tres años antes al Gran Maestro Fiancheto. Los  árbitros y virtualmente todos los que seguían el crucial cotejo se preguntaron secretamente si el hidalgo señor Alfil se rendiría en ese instante. El primero en pensarlo fue el señor Torre. Pero Alfil de los Corceles no hizo ningún ademán de capitulación. Arreglando su corbata de cuadros blancos y negros, quedó absorto en las diagonales.

La planilla con su jugada secreta fue entregada por Rey de la Torre al árbitro principal, Peón del Paso, quien la guardó en el mismo sobre que ya contenía la del otro jugador. El señor Peón tenía bajo su responsabilidad el custodio del sobre, que solo podría abrir en presencia del ambos rivales, al momento de la reanudación.

Por vez primera tuvieron trabajo los analistas, ya que no se había sellado ninguna partida. Esa noche, en tableros separados, las pocas piezas que quedaban viajaron por las más insospechadas casillas, con la misma conclusión: Torre está ganado. En el recinto del campeón celebraron anticipadamente. Esperaban que de un momento a otro el árbitro les anunciara que El caballero del ajedrez se declaraba vencido. Pero transcurrieron varios brindis y toda la madrugada sin que eso ocurriera: el retador dormía.

A las nueve de la mañana hizo su entrada en el salón de juego el señor Alfil y saludó -como invariablemente hacía en las tardes- al público, que concurría para saciar su curiosidad por los detalles de un epílogo protocolar.

Los hinchas del campeón se mostraban ansiosos por su llegada, que no ocurría. A las 9:30 el señor Alfil dio una muestra fenomenal de gentileza, al pedir al árbitro que enviara un aviso a su oponente. Así se hizo, y mientras avanzaba hacia la sala de juego, el señor Torre iba cavilando: "Me quedan unos minutos... el señor Alfil es caballeroso... ¿por qué no se habrá rendido?"

A las 10 en punto de la mañana Peón del Paso detuvo el reloj y estaba a punto de declarar vencedor al señor Alfil, justo en el momento que el señor Torre hacía su entrada. Con las pupilas fuera de sus escaques, parecía que iba a recibir un jaque mate en el miocardio o un infarto en h1. En ese instante el señor Alfil, que podía ser declarado ya como ganador, asombró a todos contestando a una pregunta no formulada: --Estoy de acuerdo con continuar la partida.

La algarabía fue general. Hubo consejo de árbitros y se consultó al Ejecutivo de la Federación Internacional, cuyo mismísimo Presidente tuvo que autorizar la reanudación. A las 12 del mediodía, ambos contendientes se sentaron tablero por medio. Se estrecharon las manos...

En medio de absoluto silencio Peón del Paso abrió el sobre y realizó en el tablero la jugada sellada del señor Torre, mostrándosela al señor Alfil. ¡Era un blunder! (error de bulto en el argot ajedrecístico), pues las blancas dejaban una torre en el aire. Para mayor simbolismo, un alfil se encargaba de capturarla.                                       Atónito quedó el señor Torre. Cogió su plantilla. Miró la jugada anotada. Donde estaba el siete él creía -estaba seguro- haber puesto un uno. Pero, ¿cómo probarlo? Mucho menos, después del revuelo. Además, era su letra... digo, sus números.

El campeón Rey de la Torre dejó de serlo en un segundo. Felicitó al nuevo monarca, Alfil de los Corceles. En conferencia de prensa surgida de inmediato, el señor Torre explicó que debió hacer la anotación errónea de la noche anterior debido a esa mezcla de nerviosismo y euforia que suele anteceder al éxito. Comentó que también su rival cometió un inexplicable error en la penúltima partida.

Como un caballero quedó el señor Torre, cual digno émulo del señor Alfil, a quien le llovían las felicitaciones de polo a polo. Alfil de los Corceles, nuevo campeón mundial, anunció en la propia rueda de prensa que su próximo torneo sería uno que auspiciaba el señor Peón del Paso, quien también era Gran Maestro.

Muchos artículos se escribieron sobre este match. Las versiones de los sicólogos y hasta de los astrólogos fueron muy discutidas. En la interioridad de los personajes, el señor Torre era incapaz de sospechar del señor Alfil y le costaba trabajo hacerlo del señor Peón, al tiempo que, ¡vaya paradoja!, se sentía seguro de haber anotado la jugada correcta.

Pensaba que solo Peón del Paso podría sacarlo de dudas, pero no pudo hacerlo nunca, porque a poco lo encontraron muerto en su propia casa, debido a un golpe en la cabeza, que según dijeron los peritos, se hizo él mismo al caerse por accidente y chocar su cráneo contra una de las figuras de acero del ajedrez que le había regalado el propio señor Torre, aquella tarde en la que jocoso le dijo que aprendiera a hacer fuertes jugadas.

Peón del Paso nunca olvidó semejante velada. El señor Torre no era campeón todavía, pero así y todo lo apabulló en una sesión de blitz (juego rápido) 10 por 0, dándole además handicap de tres minutos (2-5). Nadie sabe si Alfil de los Corceles, quien vivía en otro continente, conocía de aquel episodio, ni tampoco si había adivinado por algún detalle furtivo que existieran calladas ansias de venganza en el señor Peón.

Nadie supo nunca si aquella seguridad del señor Alfil en reanudar el último cotejo tenía un sólido respaldo. Los murmullos de sospecha que se levantaron contra el árbitro, acusándolo de haber adulterado la planilla y de valerse de terceras manos para hacerle llegar una botella de licor con somnífero la noche de prematura celebración al señor Torre, se diluyeron por carencia de pruebas.

Sobre todo nadie supo nunca del increíble poder de concentración que había logrado el caballeroso señor Alfil. Tan poderoso, que era capaz de influir en la mente de un semejante que se hallara a corta distancia. Hubo quien señaló la posibilidad del hecho, pero esbozándolo a modo de broma.

Se recordaba que no se habían demostrado las acusaciones de Korchnoi contra Karpov de que este llevaba a la sala de juego un hipnotizador (Dr. Zujar) que lo bloqueaba en Baguio-78. Nadie dio demasiada importancia a que en cruciales duelos posteriores, los rivales del señor Alfil cometieran inexplicables pifias, y cuando alguien llamaba la atención sobre el particular, el señor Alfil recordaba que a él le sucedió en la partida 23 contra el señor Torre, argumento que no dejaba lugar a dudas.

Han pasado más de 30 años. Ahora el cetro absoluto está por primera vez en posesión de una mujer, Dama de las Casillas, quien ganó el torneo convocado al efecto, por quedar vacante la corona que ostentó Alfil de los Corceles hasta su reciente fallecimiento, debido a un infarto cerebral, mientras disputaba una partida con un muchacho de apellido Morphy, que jugaba con la velocidad del rayo. Pero todavía hoy se habla de la espectacularidad del match entre Torre y Alfil, aquellos señores de antaño con nombres de piezas de ajedrez.

EPÍLOGO

Preparo un libro sobre los 100 matches por el cetro, comenzando por el de Steinitz-Zukertort en 1886, hace más de siglo y medio. Revisaba mi cuaderno de notas, de cuando reporté el más famoso de los duelos. Estaba muy cerca del tablero. Mientras Rey de la Torre escribía el movimiento del selle, yo anotaba la posición, que no tuve que revisar al redactar mi columna, porque la sabía de memoria. No entiendo cómo, mi anotación señala incorrectamente que la torre del hasta ese momento campeón ocupa la casilla d7. No lo entiendo... o lo entiendo todo.

¿Pero acaso vale la pena publicarlo? Habrá quien no admita tamaño poder mental en el señor Alfil. Habrá quien no crea eso de que “fue mi mano, pero no fui yo”, quien "como el señor Torre" escribió ese siete la noche en vísperas del ascenso al trono del distinguido señor Alfil de los Corceles.

EPÍLOGO DEL EPÍLOGO

¿Por qué este cuento ya no se puede escribir? ¿Dónde está el jaque de la computadora? La computadora le dio jaque... digo, ¡jaque mate!, a las partidas selladas, con su ceremonia de jugadas secretas, sobres bajo custodia de árbitros, madrugadas de análisis, suspenso ante la reanudación al día siguiente y controles de tiempo que permitían más selles en algunas ocasiones. Porque cuando los programas de ordenadores se hicieron fuertes, muchos ajedrecistas estaban ansiosos por llegar a la jugada 40 para sellar... y que sus máquinas analizaran por ellos, luego de que Timman declarara públicamente que se ayudaba de su ordenador. Desde 1992 se juega “a finish” (pero como estamos en el futuro por la magia de la ciencia-ficción, pensemos que se trata del 2992) por lo que hay que resolver todos los problemas de la partida frente al tablero. Igualdad de posibilidades para todos y beneplácito para los árbitros, que aligeraron su portafolios. Sobre todo con el engorroso pomo de goma de pegar.

Por Jesús G. Bayolo.


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